
JOSÉ MARÍA CASTILLO NAVARRO,
ENTRE EL REALISMO SOCIAL Y EL HUMANISMO RELIGIOSO
José Luis Molina Martínez
Situado en este lugar por la enfermedad del Dr. Gerardo Piña Rosales, encargado de impartir esta conferencia de clausura del Congreso de ALDEEU (Asociación de Licenciados y Doctores Españoles en Estados Unidos), dolencia de la que deseo se encuentre recuperado, es casi mi obligación, para completar su conocimiento de esta mi ciudad, hablarles de un escritor lorquino que, meritoriamente por cierto, ocupó un lugar señero en el panorama de la novelística española entre los años 1957 y 1963. Ceñimos nuestra intervención a indicar someramente su biobibliografía, a ubicarlo en la generación de medio siglo y a matizar su adscripción al realismo social, si atendemos a otros considerandos y temas presentes en sus novelas.
Aunque tuviera algo que ver el agotamiento del modelo novelístico de los escritores pertenecientes tanto al novecentismo como a la vanguardia, o a la narrativa social española entre 1931 y 1939, es opinión común que el paréntesis provocado por el estallido de la guerra civil y el exilio posterior fue determinante para una renovación de la novela que se considera generada por nuevos escritores que rompen con los modos y técnicas anteriores.Sin entrar en matices propios de la periodología, subdividimos la evolución de la novela como género, a partir de 1939, en promociones por décadas. Así, hablamos de novela de los años cuarenta, promoción de los cincuenta, promoción de los sesenta, promoción de 1968. La que a nosotros nos interesa es la de los años 50, en la que incluimos, con un criterio amplio, a los novelistas nacidos entre 1916 y 1927.
Situado en esta última promoción, de la que sería un epígono, aunque pronto seremos más concretos, el escritor lorquino José María Castillo Navarro, objeto de nuestra atención en este foro, pasamos a comentar tanto la vida como la obra de este escritor hoy casi olvidado quizá porque, si bien irrumpió sorprendentemente en el mundo literario barcelonés, también abruptamente dejó de publicar, que no de escribir.
Nace en Lorca el 18 de julio de 1928. Alrededor de los doce años de edad, ingresa en el Colegio Seráfico de Nuestra Señora de las Maravillas de Cehegín (O. F. M.), localidad en la que permanece hasta que es enviado a Orihuela y más tarde a Jumilla, en cuyo convento de Santa Ana del Monte inicia el noviciado. Con diecisiete años, contrae la tuberculosis, a causa de la cual es ingresado en el sanatorio de Torremanzanas (Alicante), estancia que le supone la oportunidad de reflexionar sobre su vida y la religión, la determinación de un cambio de orientación, que realiza sin excesivo daño, y el inicio de su decisión de ser escritor.
Cuando ya restablecido sale del sanatorio, se marcha como voluntario a cumplir el servicio militar obligatorio entonces. Concluido el mismo, se traslada primero a Madrid, ciudad en la que permanece poco tiempo, y después a Barcelona, 1949, como un emigrante más, porque le atraía esta ciudad al pensar que ofrecía más oportunidades. Así desarrolla su vocación de escritor y por la Barcelona dura de los años cincuenta, comienza su andadura literaria. Son años difíciles, austeros, de vida sacrificada, llena de carencias. En el escaso tiempo libre que de dispone, se dedica a completar su formación laica a base de las lecturas que en aquel tiempo se podían conseguir: traducciones de novelistas franceses, ingleses, rusos y alemanes, así como los españoles Pérez Galdós, Valle-Inclán, Pío Baroja, Gabriel Miró y otros. Esto no quiere decir que las lecturas de Castillo-Navarro concluyan con estos autores citados. Ha leído, en un duro ejercicio intelectual por su inactualidad, a León Hebreo, Santo Tomás, San Agustín, San Ambrosio, Paravicino, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Sor María Jesús de Agreda y otros clásicos, aunque creo que de modo no muy completo. Estas fuentes configuran un estilo expositivo conforme a la lógica y preceptiva clásicas y un sentido cosmogónico de la vida y de la novela como creación derivada de tal concepción. Este trasfondo cultural lo va a hacer original en su modo de escribir y le diferenciará de otros novelistas coetáneos y que han recibido distinta formación intelectual. Explicado de otra manera, vendría a decir que Castillo-Navarro, enfundado en el sentido cultural en el que se formó, se enfrenta a la novela desprovisto de conceptos y criterios teóricos y eso le hace encontrar un acento personal, una voz propia, un estilo diferente, mientras los novelistas con formación universitaria enfocan con otras premisas su texto, por lo que los resultados son distintos. Se desmantela así el error de considerarlo autodidacta. Había recibido una cuidada educación religiosa y humanista como se ha demostrado.
La pretendida influencia de la generación perdida norteamericana en su obra es inexistente, en un principio. Y, si es cierto que manifiesta admiración por alguno de sus componentes, bien es verdad que la lectura de estos autores es posterior al tiempo de sus primeros escritos, pues Castillo-Navarro comienza a escribir novela antes de su llegada a Barcelona y los libros que publica tras el premio Ciudad de Barcelona han sido escritos con anterioridad.
En 1954, presenta la primera novela que escribe, Caridad la negra, al premio Ciudad de Barcelona y queda en séptimo lugar. Vuelve a presentarse al mismo premio al año siguiente con Broncos del sur, título original de la novela que después se publicó con el de La sal viste luto. En esta ocasión, queda en el segundo. En 1956, es tercero con la novela Con la lengua fuera y, finalmente, en 1957, obtiene el premio Ciudad de Barcelona con Las uñas del miedo. Castillo-Navarro pasa rápidamente del anonimato a la celebridad y de una economía de trabajador a la de un escritor que conquista Barcelona de manos de la burguesía de la ciudad: Mercedes Salisachs, Juan Antonio Samaranch, Mario Lacruz, Enrique Badosa, Julio Manegat, Ignacio Agustí y un largo etcétera le conceden su amistad y José María Castillo Navarro se hace, por méritos propios, un nombre en las letras barcelonesas. Este mismo año, Luis de Caralt le publica La sal viste luto, Con la lengua fuera y Las uñas del miedo. En 1958 es finalista en el premio Planeta con Manos cruzadas sobre el halda que se publica en esta editorial. En 1959, Pareja y Borrás le edita el libro de relatos El niño de la flor en la boca, bestseller de aquel año y siguientes. En 1961, Luis de Caralt publica Caridad la Negra y Planeta Los perros mueren en la calle. Es columnista de La Vanguardia, escribe en La Jirafa, Hermes y Sprit, de la Editions du Seuil, en donde trabaja como asesor literario. Dirige, además, Les livres disques de Luciano Landi. Marcella Altieri traduce al italiano el cuento El niño de la flor en la boca, con el título de Il bimbo dal fiore in bocca, que ilustra Vespignani. En París y en Editions du Seuil, aparece la traducción de Con la lengua fuera, realizada por Raphael Ferra, 1960, con el nombre de Morts aux encheres [1] y, en 1963, El grito de la paloma, en francés Le charnier natal, traducción de Charchina Genenshon, que publica en español Plaza & Janés, en 1974 [2], con el título de El cansado sol de septiembre. Daríe Novaceanu traduce al rumano Con la lengua fuera, bajo el título de Moarte la licitaţie, en 1963.
A partir de aquí, concluye la vida literaria de Castillo-Navarro. El 30 de abril de 1963, contrae matrimonio en Madrid, con Eulalia Martínez Guijarro. José María se dedica entonces a leer, efectuar informes para las editoriales Planeta y Plaza Janés y a repasar sus escritos inéditos. Continúa viviendo en Lorca con su esposa. No ha vuelto a publicar, aunque tiene novelas inéditas, como Los negros toros de mi ira, Mata mala mata y la colección de Cuentos para aprender a vivir. Es una decisión estrictamente personal, que, en verdad, nadie ha comprendido nunca. Tan es así que consideramos que el propio novelista ha truncado su carrera, al menos para sus lectores, porque jamás podremos saber su evolución literaria.
Si efectuamos un resumen, inferiremos que, desde su llegada a Barcelona, escribe sus novelas que aparecen en diferentes fechas, y que en 1961, es decir, en unos cinco años, ha publicado toda la obra literaria que hemos indicado. Dos son las cuestiones que proceden de esta situación: el que sólo podamos hablar de bibliografía pasiva, es decir, su obra no se puede encontrar en los catálogos actuales de las editoriales ni en el mercado normal de los libros, y la certeza de que nadie lee su obra en la actualidad, cuando otras formas, intereses y modos de novelar han convulsionado el mundo de la narrativa y se puede juzgar menos interesante, erróneamente por cierto, esta escritura.
La realidad social con la que Castillo Navarro se enfrenta al iniciarse como novelista es la de las consecuencias del estallido de la guerra civil española (1936-1939), tanto por vivir bajo una dictadura que, en las dos primeras décadas, impidió el avance social, económico y cultural, cuanto por las secuelas y lacras, unas físicas, otras intelectuales, que dejó en las familias. Bien conocido es el problema del exilio, no sólo el interior, de los republicanos, socialistas y otros desafectos al régimen, que marchan al extranjero en la creencia de que aquello, la dictadura franquista, se iba a acabar pronto. Se alargó, de modo incomprensible y excesivo, y la flor y nata de la intelectualidad española jamás regresó o lo hizo tardíamente. Esto produjo un vacío, una necesidad de tener que comenzar con lo puesto, de modo que, unos, dentro del régimen por convencimiento, y, otros, en el margen en el que pudieron situarse por no poder manifestar expresamente su ideología política, lograsen continuar con la vida ordinaria dentro de la España del estraperlo y la falta de libertad, no sólo de expresión, sino de pensamiento, porque una autocensura para evitar opiniones políticas que generasen problemas se cernió sobre las mentes pensantes de aquellos años duros. No es nuestro objetivo precisar la situación de la cultura en general en la posguerra. Por ello, no vamos a profundizar en un tema tan complejo. El orden político que surge, recién acabada la guerra, influye en la creación de la novela inmediata. Bien es verdad que el gobierno, en su afán de dar a entender la existencia de una normalidad social e intelectual, se afana en propiciar una literatura que significase la ruptura con todo lo anterior. Y el exilio, sobre todo el de intelectuales, artistas y escritores impone esta realidad sin pretenderlo, por lo que, en verdad, se parte prácticamente de cero en literatura, que es de lo que nos ocupamos, aunque sucediese en casi todos los ámbitos de la vida. Prolifera la novela traducida de autores extranjeros, mientras aparecen escritores del régimen y se utiliza, más o menos, a otros, como a Baroja y Azorín en sus últimos años.Castillo Navarro, al que hemos adscrito como escritor perteneciente a la promoción de 1950, ha sido clasificado como integrante del realismo social. Vamos a analizar esta afirmación para determinar esta compleja calificación.Como hemos indicado, unos novelistas marchan al exilio y otros permanecen en España y mantienen las formas novelísticas a las que estaban acostumbrados, siguiendo la estela deshumanizadora iniciada en los años treinta, anclados otros, como experimentalismo, en el nuevo romanticismo, promocionado por José Díaz Fernández siguiendo las tesis sociológicas y marxistas del momento y alimentado por Joaquín Arderíus Sánchez-Fortún, en esa utopía anarquista, hiperbólica, inquietante y nihilista, quizá la máxima expresión de la novela social de preguerra [3].
En las dos primeras décadas de la posguerra, prima, por encima de cualquier otro considerando temático, el REALISMO, que, como veremos, muestra varias tendencias reconocidas por los críticos, a pesar de la complejidad de su división, hasta que el cansancio, es decir, la falta de investigación y experimentalismo, producido por uso y abuso de las formas literarias, da pie a un nuevo movimiento y algunos de los escritores adscritos evolucionan al compás de los tiempos.La guerra recién acabada es objeto de argumento novelesco. Los títulos más significativos son, como muestra, Se ha ocupado el km. 6 (Cecilio Benítez de Castro, 1939), Raza (Jaime de Andrade, seudónimo de Francisco Franco, 1942) y (Rafael García Serrano, 1943). Son novelas del régimen o favorecidas por el régimen. Al avanzar los años cuarenta, comienzan a publicar otros narradores conocidos como la PRIMERA PROMOCIÓN DE POSGUERRA. Los más importantes son Camilo José de Cela (La familia de Pascual Duarte, 1942), Ignacio Agustí (Mariona Rebull, 1944) y Carmen Laforet (Nada, 1945), Gonzalo Torrente Ballester (El golpe de estado de Guadalupe Limón, 1946) y Miguel Delibes (La sombra del ciprés es alargada, 1948) [4]. A esta generación también se la llama del TREMENDISMO, término acuñado por Antonio de Zubiaurre en 1945. Además de los citados, otros escritores tremendistas, porque sus obras narran los horrores de la guerra con toda su crudeza, son Tomás Borrás (Checas de Madrid, 1940) y Pedro García Suárez (Legión 36, 1945). La característica fundamental de esta novela primera es la de cultivar un realismo de tipo tradicional que sólo consiste en una continuación del modo de novelar de preguerra. Así pues, destacamos, entre otros mantenedores de este estilo, a Juan Antonio Zunzunegui (La quiebra, 1947; La vida como es, 1954), Ricardo Fernández de la Reguera (Un hombre a la deriva, 1947) y José María Gironella (Los cipreses creen en Dios, 1953) Otros críticos entienden que este grupo de novelistas pertenece al realismo EXISTENCIAL, que nada tiene que ver con el existencialismo filosófico, sino que anda entreverado en torno a dos temas fundamentales: “la incertidumbre de los destinos humanos (como sucede en Castillo-Navarro) y la ausencia o dificultad de comunicación personal (como también sucede en Castillo-Navarro)”. Más escritores de esta tendencia son Manuel Pombo Angulo (Hospital general, 1948), Gabriel Celaya (Lázaro calla, 1949), José Luis Castillo Puche (Con la muerte al hombro, 1954), tendencia que se adentra en los años sesenta: José María Mendiola (Muerte por fusilamiento, 1962), Rodrigo Rubio (Equipaje de amor para la tierra, 1963), por no citar a otros. Frente a este realismo tradicional ya trasnochado, encontramos a escritores que cultivan la FANTASÍA y el HUMOR. El primer libro que destaca de Álvaro Cunqueiro es Merlín y familia (1957), pero este escritor no alcanza notoriedad hasta 1969 con la aparición de Un hombre que se parecía a Orestes, quizá por habérsele catalogado como cultivador de un lirismo esteticista al que se minusvalora. En esta misma tendencia, podemos introducir a Joan Perucho (Libro de caballería, 1957, Galería de espejos sin fondo, 1963) . Por otro lado, aunque Darío Fernández Flórez había publicado en la anteguerra, logra la popularidad con Lola, espejo oscuro (1950). Claro que, en este caso, el referente inmediato es LA CODORNIZ, quizá porque muchos de sus componentes, Álvaro de Laiglesia, Evaristo Acevedo, Antonio Mingote y otros integrantes de su redacción, también escriben novelas humorísticas. En el tránsito entre los años cuarenta a la generación de medio siglo, aunque se aprecia un cambio en escritores anteriores, como el Cela de La colmena (1951), otros escritores más jóvenes colaboran en esa transición: José Suárez Carreño (Las últimas horas, 1950) y Luis Romero (La noria, 1952), quien se acerca al tema de la guerra civil en Tres días de julio (1968). Los años cincuenta, en opinión de Santos Sanz Villanueva [5], “son los del renacimiento de la novela española tras el largo paréntesis de los dos lustros precedentes”, y presentan una característica cual es la convivencia entre las dos generaciones de posguerra que hemos citado, la de Cela, Delibes y Torrente, y la que se inicia en estos primeros años cincuenta, entre los que hay que destacar a Ana María Matute, Juan Goytisolo y Jesús Fernández Santos.A comienzos de esta década, la situación político social ha cambiado. España comienza a tener relaciones diplomáticas con otros países lo que implica una mayor comunicación con el extranjero y el intercambio de ideas y posturas sociopolíticas que, a la larga, inciden en las transformaciones sociales de estos años. España entra en la ONU y en la UNESCO y comienza a salir del aislamiento internacional. Los gobiernos tecnócractas de Franco organizan unos planes económicos que, poco a poco, permiten salir del marasmo económico y social. Al mismo tiempo, existe una mayor actividad editorial y la proliferación de nuevos premios eleva el interés por la creación literaria.Los componentes de este grupo que los críticos han denominado como la generación del medio siglo son escritores que nacen entre 1924 y 1936, inclusión que no todos aceptan, por lo que, en principio, Castillo-Navarro pertenece a esta generación [6]. Aunque se estima que estos escritores tienen una formación cultural y literaria similar, experiencias vitales comunes, relaciones amistosas o personales, fecha de publicación aproximada (entre el año 1950 y 1962), Castillo-Navarro queda fuera de este grupo por dos razones, la primera porque él hace su carrera literaria en Barcelona, y, en segundo, porque sus obras, aun dentro del tremendismo del que hablan los tratadistas, está impregnada del sentido que le ha conferido su estancia entre los frailes franciscanos, su criterio religioso que aún mantiene y un modo de novelar ajeno a las estéticas que proliferaban en los medios universitarios. Existen otras características que los críticos atribuyen a esta generación que sí tocan tangencialmente a José María: no se siente implicado en los acontecimientos bélicos porque, Lorca no fue frente de guerra, sino lugar de retaguardia; es hijo de vencedor porque su padre contribuye a la salvación de los condes de San Julián, pero, al mismo tiempo, también de perdedor porque aquel pasa los años de la guerra recluido y posteriormente tampoco recibe prebendas; no hace propiamente novelas sobre la guerra sino a través de historias conocidas o vividas que permanecen en su memoria y que se reflejan en Las uñas del miedo y, sobre todo, en El cansado sol de septiembre, novela que no sólo no es un ajuste de cuentas sino, desde nuestra personal interpretación, es un poner paz en el pasado, un signo de reconciliación. Dentro de este realismo social, hemos de citar la corriente NEORREALISTA en la que la idea de compromiso es compartida por la mayor parte de los escritores, compromiso no siempre condicionado por la denuncia social o posturas políticas extremas. Algunos de estos novelistas, que citamos seguidamente, aducen motivos humanitarios y plantean problemas como el de la injusticia social, la soledad y frustración de la persona en el ambiente opresivo de la dictadura, por lo que aportan un sentimiento de solidaridad con el sufrimiento humano. Representan este ideario Ignacio Aldecoa (Gran sol, 1957), Carmen Martín Gaite (Entre visillos, 1958), Jesús Fernández Santos (Los bravos, 1954), Ana María Matute (Fiesta al noroeste, 1953) y Rafael Sánchez Ferlosio (El Jarama, 1956). Dentro de este conglomerado novelístico, aún debemos prestar atención a la llamada novela METAFÍSICA: es una literatura en la que la realidad se halla trascendida, profundizada, potenciada, puesta en situación límite, elevada a la categoría de símbolo. Su carácter liberador proviene del hecho de que no se limita a transcribir la realidad visible, sino que tiene en cuenta también, y sobre todo, la realidad invisible. Sus cultivadores parten de posturas religiosas conservadoras” [7]. Como sucede en Castillo-Navarro, aunque en él, esta religiosidad manifestada, es más bien de tipo tradicional. La cultivan, además de M. García Viñó, Antonio Prieto (Vuelve atrás, Lázaro, 1958), Andrés Bosch (La noche, 1959) y Carlos Rojas (Las llaves del infierno, 1962), aunque este último no participa enteramente de estos planteamientos. Ni Castillo-Navarro, aunque se le encuadra en este tipo de novela. Igualmente citamos a Manuel García Viñó como representante también de una TENDENCIA INTELECTUAL, conocida como la generación del sándalo, que fue muy crítico con la novela social. Finalmente, hemos de significar la corriente más celebrada de esta generación de medio siglo, la SOCIAL que, si bien posee una tradición recidivada en momentos de tensión y dificultad como la posguerra, ha servido un poco como cajón de sastre para incluir en ella a todo el que se ha escapado un poco de las características generales que producen unas obras en la que la solidaridad de la que antes hemos hablado se convierte en compromiso social. Bien es verdad que, ante la inclusión de alguien en esta corriente, lo primero que se piensa es en la adscripción en un partido político de izquierdas, sobre todo el comunista, y es entonces cuando funciona el subconsciente de la represión franquista y se rechaza al escritor por ser una persona que viene a romper el orden burgués establecido. El protagonista encarna los rasgos del grupo social a que pertenece, destruye o conculca el status social establecido, enteramente burgués, beneficioso sólo para una parte de la sociedad, la propietaria, pues ya se conoce el modo de vida del obrero y de una clase media baja que intenta sobrevivir con cierta dignidad.Esta corriente implica una visión subjetiva de una realidad vivida o no, pero cuyas consecuencias se estaban dejando sentir y mucho. Si en esta tendencia se excluye, al decir de los teóricos, el punto de vista del autor, Castillo-Navarro no pertenece a esta corriente; si en ella predomina el diálogo, Castillo-Navarro sí pertenece; si existe un distanciamiento de los hechos, Castillo-Navarro no pertenece a esta corriente; si el lenguaje tiende a una excesiva simplificación formal basada en la frase corta, Castillo-Navarro no pertenece a esta corriente; si existe pobreza de lenguaje y con frecuencia se intenta reproducir los rasgos lingüísticos de las clases populares, Castillo-Navarro no pertenece a esta corriente, por más que introduzca un vocabulario de objetos cuyo uso se encuentra hoy abandonado; si predomina el personaje colectivo, Castillo-Navarro no pertenece a esta corriente; si se extiende un sentido de oposición entre la bondad de los pobres y la maldad de los ricos, Castillo-Navarro casi pertenece a ella; si el espacio en el que se desarrolla el argumento de la novela es pequeño por el carácter paradigmático que tienen las historias narradas, Castillo-Navarro pertenece a ella.Viene todo esto a manifestar la complejidad de ubicación de un escritor como Castillo-Navarro en una clasificación generacional, cuando un escritor como José María posee otras facetas que, sin eliminar ninguna de las citadas, sí le hacen poseer unas características generales que han de unir varios y diversos elementos estilísticos y temáticos para componer su propia condición de novelista.Podemos encontrar los ejemplos más solidarios del realismo social en los escritores siguientes: Mario Lacruz (El inocente, 1953); Juan Goytisolo (Juego de manos, 1954; Duelo en al Paraíso, 1955); Daniel Sueiro (Estos son tus hermanos, 1955); Francisco Candel (Hay una juventud que aguarda, 1956); Luis Goytisolo (Las afueras, 1958); Jesús López Pacheco (Central eléctrica, 1958); Lauro Olmo (Ayer, 27 de octubre, 1958); Antonio Ferres (La piqueta, 1959); Juan García Hortelano (Nuevas amistades, 1959); Armando López Salinas (La mina, 1960); Juan Marsé (Encerrados con un solo juguete, 1960); Juan Antonio Payno (El curso, 1961); Alfonso Grosso (La zanja, 1961); José Manuel Caballero Bonald (Dos días de septiembre, 1962); Mauro Muñiz (La paga, 1963); Rodrigo Rubio (Equipaje de amor para la tierra, 1965) o Jesús Torbado (La construcción del odio, 1968) Por supuesto, no todos los escritores de esta corriente están relacionados.
Se considera que, a partir de los años sesenta, se produce una renovación debido a que este tipo de novela había conducido a una literatura que, al poco, produce fatiga y origina una vuelta a una literatura más tradicional e intimista, aunque sigue predominando el escrito con las características del realismo social. Esta renovación, que nace con la novela de Luis Martín Santos, Tiempo de silencio, 1962, implica cierto experimentalismo. Aunque quizá el triunfo de Mario Vargas Llosa con La ciudad y los perros, también de 1962, marca la aparición del boom sudamericano y del realismo mágico, lo que determina que algunos de los escritores de la tendencia socio-realista oscurezcan su voz y permanezcan años sin publicar (López Pacheco, Caballero Bonald, García Hortelano), o reaparecen adscritos a la nueva narrativa (Grosso, Ferres) Esta renovación llega hasta los primeros novelistas de la posguerra, como Delibes o Cela. Hemos de añadir la aparición de nuevos novelistas que se sienten alejados de la guerra y sus consecuencias y apuestan por otra concepción del arte.
Este es el panorama novelístico y social en el que se desenvuelve Castillo-Navarro. En este ambiente ha de mantenerse para publicar. Por todo esto queda condicionado, aunque es nuestra estimación personal que José María apenas se fija en eso, porque sólo tenía en su mente ser escritor y eso ya lo había conseguido.Por otro lado, se habrá observado que hemos ejemplificado con autores y títulos que publican y salen a la luz en los años en los que las novelas de Castillo Navarro están en las librerías: 1957–1963. De este modo, se tiene conciencia objetiva de lo que significó abrirse paso entre tanto buen novelista, tanto innovador, tanto escritor como contribuyó a la regeneración de la novela en estos años.
Como ya hemos anticipado, casi desde la misma aparición de su primer libro, los críticos que trabajaban para la prensa diaria y las revistas lo incluyen en el realismo social. Así prosiguen los primeros estudiosos de la novela o analistas del fenómeno literario de la posguerra. Igual proceden la profesora Chani Espejo Arévalo y Helena Penseel en sus respectivas tesis, una doctoral de 1989, inédita, la otra de licenciatura de 2002 [8].Damos por sentado que pertenece a la generación de medio siglo porque es bastante racional. Sin embargo, discrepamos de los teóricos que lo clasifican, sin más, o con razones sólidas según ellos, como novelista del realismo social. La generación de la berza se da en Madrid; por lo tanto, a pesar de que Castillo-Navarro sea novelista “castellano-escribiente”, no tiene nada que ver con los componentes de la misma. Hemos indicado prudentemente que José María, en Barcelona, entra en contacto con la burguesía que se inclinaba, más o menos, por la oficialidad, sin que esto sea una ofensa.Las novelas de Castillo-Navarro están impregnadas de aspectos visibles de la sociedad en la que vive. Pero si se estudiaran temáticamente, podríamos comprobar que existen otros muchos en los que derivan que, sin excluir el elemento social, entran dentro de la tendencia que hemos comentado someramente, pues encontramos en ellas lirismo, intimismo y aspectos metafísicos y psicológicos. Es decir, pertenece a la generación del medio siglo, pero, aunque sus temas presentan un testimonio casi documental de la realidad social del país con intención crítica -mundo laboral, situación del agricultor, emigración, delincuencia-, como acertadamente apunta H. Penseel [9], creemos que el resto de los temas influyen tanto en este aspecto social que no se le puede incluir dentro de la nómina de los escritores del realismo crítico de raíz social o socialista.De incluir a Castillo-Navarro en este grupo, aceptando que admite la función social de la literatura, no hay que olvidar que “agotada la vena del realismo social [...], vuelve a lo subjetivo o interiorización, entendida esta como conflicto entre la subjetividad o análisis de diferentes sujetos con la realidad social” [10], como se puede observar en las novelas de Castillo-Navarro. Esto origina que, desde 1962, muchos de estos escritores comprendieron que con la literatura no se derriba un régimen y, de modo consecuente, o enmudecen o inician una nueva estética, la emprendida por Luis Martín Santos. Y el golpe definitivo lo recibe la tendencia del realismo social con la invasión de los novelistas hispanoamericanos en el mercado del libro en España.Hace ya un tiempo, tuvimos la oportunidad de iniciar estas reflexiones: “afirmar que la novela de Castillo-Navarro está dentro de la llamada social es jugar a lo fácil siendo como es difícilmente clasificable por lo variada. No es la novela del proletariado, no es una novela revolucionaria. Es una novela realista y por ello social y, porque en ella se refleja la vida, es una novela testimonial de lo que ha visto. El realismo español de los años cincuenta/sesenta del pasado siglo XX buscó una conciencia crítica y en este sentido es social porque refleja lo que iba sucediendo. Pero no únicamente. Porque en las novelas de Castillo-Navarro no aparece este sentido hasta su novela urbana Los perros mueren en la calle, lo que demuestra que sabía el trayecto a recorrer, pero tenía que vaciar primero su yo. El resto de su obra forma parte de su visión cosmogónica de la vida y su problemática relacional y cuanto de denuncia existe en ella es simple y llanamente una excusa para exponer una situación que devora intensamente su intimidad sensible. No creo que ni siquiera en El cansado sol de septiembre haya intencionalidad de hacer novela social [11]”. Tampoco la consideramos histórica, sino un testimonio de la realidad político-social que imperaba en la España de aquellos años.
Afirmar que la novela de Castillo-Navarro es social, sin tener en cuenta todo lo demás que existe en ella, es alicortar un escrito de más amplio registro que el de simplemente social. Así pues, me inclino a pensar en la novela de un humanista en la que lo religioso se eleva a categoría suprema y lo impregna todo con su sentido trascendente [12]. Disconformes siempre con la única adscripción de Castillo-Navarro al socio-realismo, porque su novela posee más registros, nos aventuramos a dar una nueva tesis: “Así pues, Castillo-Navarro sería un escritor del humanismo religioso, producto de su formación y sus lecturas [...] Todo esto no es óbice para que efectivamente sea un escritor social en el sentido de escribir unas novelas en las que se refleja la vida...” [13].
El espacio obligado al que he de someterme impide efectuar una sinopsis de la obra de Castillo-Navarro, alguna de las cuales podrán conseguir en las librerías de Lorca, en su segunda edición, reeditadas por el Ayuntamiento [14], aunque sí voy a efectuar alguna consideración sobre cada una de ellas.
La sal viste luto es una obra conseguida pese a su carácter de primeriza, quizá porque la oscuridad “transparente” de su acción queda matizada, idealizada, impregnada de “realismo mágico” por el lirismo de que está acompañada. El ambiente cerrado le presta opresión a la narración, el misterio de que rodea la conducta de los personajes añade intriga, la nitidez de los sentimientos aporta un sentido trágico y la lentitud narrativa sugiere la acumulación explicativa de las conductas. Por eso nunca es novela moral, porque sólo muestra modos de actuar, nunca señala caminos, por más que haya una imposición categórica que lleva fatal y agónicamente al triunfo del bien y, más que del bien, al triunfo de la justicia pero a través de un mal cual es la ejecución que señala el coro y de ahí la presencia de los mitos clásicos griegos trasvasados al momento en que escribía. Podemos hablar de la gratuidad de la violencia pero entonces hablamos de pasiones y aquí el amor, más allá la posesión de la vida en un impulso irracional, seria el motivo específico con las concomitancias notables de la gente ajena a la grandeza y servidumbre de esa característica que eleva a categoría universal al personaje que en esta y otras novelas de Castillo-Navarro sólo sirve para mostrar la podredumbre de la naturaleza humana. Son por ello novelas del corte tradicional de aquellos años y, además de las influencias que sus críticos señalaron, se observaría la de cualquier otro de la corriente novelística europea, huellas más visibles que las más a mano de Faulkner, quizá porque en aquel momento comenzaba su influjo como más tarde lo ejerció Joyce; Castillo Navarro en esta novela tampoco queda lejos del realismo fantástico porque crea mundos aunque sin los elementos épicos que caracterizan las más significativas novelas del "boom" de la narrativa sudamericana.
Con la lengua fuera. Se equivoca el que vea bajo enfoque social esta obra que si bien puede ser la novela del agua, de la tierra, de la opresión del amo, de la injusticia, y de ello participan sus primeras y mejores páginas, en verdad, es un inicio para la novela introspectiva o la excusa para el conflicto. Excusa-conflicto personal-introspección personal-solución trágica-catarsis sería su esquema. Porque, aunque todo esto rodea el planteamiento de esta novela de gran fuerza pasional y lingüística, en realidad viene a ser su eje la demanda de la mujer que, siempre reducida a un segundo plano, reclama su primacía frente a la tierra y la explicación del hombre que, por serlo, concentra todas las fuerzas para escapar con su sentido cósmico de la apetencia de la mujer que succionaría todo su ser, no por el ansia de posesión, sino por la propia necesidad de ser atendida por lo que es y de resaltar su presencia. Y sobre todo porque nunca ha podido ser considerada como ella exige porque es insaciable y de ahí su pasión, su sumisión o su voluptuosidad. Y el hombre es en cuanto ella se somete. Tampoco he de contrariar mucho a los que ven en ella la novela de la tierra, de su sed de siempre [15], del campesino lorquino. Eran aquellos años propicios para creer en la denuncia planteada, narrada magistralmente. Pero hay que releer con el reposo que concede la perspectiva.Quizá la más confusa de las novelas de Castillo-Navarro, la más fuera de los normales modos de novelar de entonces, sea Las uñas del miedo. La excusa en este caso es el "paseo" y la posterior muerte del protagonista y nadie la ha considerado novela sobre la guerra aunque esté allí en ella. Más dura que El cansado sol de septiembre, ya que todo cuanto en la novela acontece da pie para analizar hasta las últimas consecuencias las relaciones si no turbias sí confusas de los dos hermanos –hembra y varón- cuya madre quizá permita la ejecución de aquel, no tanto para acabar con las dichas relaciones como para permitir que cada uno de ellos tenga una penitencia que cumplir. Dureza, dureza excesiva tanto en el lenguaje, en la morosidad de la exposición, como en la crudeza de la acción, en un marco referencial mínimo donde las pasiones ahondan y ahíncan. Nunca con menos elementos se pudo construir más. Quizá aspectos reiterativos, la misma tensión que crea permite un "ahogo" en el lector. Sin llegar a novela intelectual se le acerca porque exige colaboración onerosa del lector que necesita introducirse en la antigüedad de la propia simultaneidad de acciones para captar cuanto de introspección y análisis de las grandes dudas que mueven al hombre se halla en ella.
Manos cruzadas sobre el halda es la novela de la no aceptación de la realidad, de la exageración, de la incapacidad de reacción y el deseo de vivir en una mentira permanente poniendo en peligro la vida del niño que va descubriendo el engaño en el que la madre lo mantiene. Esas relaciones rotas, ese querer vivir en el amor frustrado, en una fidelidad inconcebible para no atender la llamada natural, que llenan toda esta obra, canto al hijo, al amor eterno, no es toda la novela, porque en torno a ello -aquí no existe la excusa- aparecen unos personajes bellamente trazados, enraizados en la tradición popular, que actúan como conductores de los hilos argumentales, que sirven para poner de relieve la sordidez, avaricia, escasez de escrúpulos y esas pasiones llamadas bajas que hacen visible la pequeñez humana y determinan crímenes y aberraciones. Castillo Navarro sigue buscando al hombre en el hombre. Castillo Navarro continúa trazando caracteres y personajes que son testimonio de la propia humana naturaleza y que dejan al hombre desnudo, entre otras cosas, porque el contrapunto queda esbozado y el alejamiento de la realidad tratando de evitar la aceptación de aquello, no logra su plenitud por la desviación conductual, tipológica y síquica. Pero en esta comedia humana el estudio del hombre continúa siendo el eje central de la novelística de Castillo Navarro.
En Caridad la negra, pese a la intencionalidad del escritor, la historia de la prostituta es la historia de una degradación casi exigida. El impulso de las fuerzas materiales como determinante del propio comportamiento es el tema central. A pesar de las escenas de gran tremendismo, de la búsqueda ansiosa de un mundo sórdido que, sin embargo permite la satisfacción de las pasiones reprimidas, en este caso la lujuria, de la integración de elementos de la tradición como caracterizadores, como permisores de la trasgresión porque la protagonista supera la (in)justicia popular y sale como purificada para una acción embrutecedora, la candidez, la ternura del personaje femenino, la dulzura y delicadeza de trato con el niño deforme (niña bella por fuera - rota por dentro, niño cándido en su interioridad - deforme exteriormente), hacen apasionante su figura y el tema. Aunque quizá destaque más aún la fuerza salvaje de la naturaleza que busca la posesión sexual funesta como satisfacción personal, sin importar el otro, sin sentimiento compartido, como catarsis terrena para la aceptación de una vida de prostitución a la que parece destinada la protagonista por designio exclusivo de la naturaleza, bajo un halo no romántico, sino sentimental. Me parece una novela de gran belleza aunque la crítica de su tiempo, por temor a la censura, indicó una y otra vez la limpieza con que trataba un tema vidrioso. Era, claro, la única solución para una mujer de naturaleza exigente en dicha época, en una situación de escasa libertad producto del hecho político. Porque de haber podido canalizar libremente su propia naturaleza la protagonista de Caridad la Negra hubiese sido otra cosa aun cediendo a su pasión. Claro que, entonces, Castillo Navarro no nos hubiese dado un estudio detallado de carácter femenino como no existe en la novela de estos años.
Los perros mueren en la calle parte de un macabro hecho tremendista, digamos que innecesario pero importante para contraponer dos mundos diferentes. No es la novela de la emigración pero ese mundo se encuentra en ella; no es la novela de una sociedad opulenta, pero en ella se retrata; no es la novela de la delincuencia social, pero de ella participa; no es una novela urbana, pero en ella está la gran ciudad catalana; de todos estos rasgos participa y sobre todo indica el abandono de su temática tradicional y la apertura a nuevos problemas, lo cual es consecuencia de una evolución y salida de sí mismo, y marca el punto en el que el novelista abandona su ejercicio. Es una novela más ágil que no elimina pero atempera el método inquisitivo de interioridades que expliquen conductas.
Aquí abandonó Castillo- Navarro su oficio de escritor porque El cansado sol de septiembre era una novela de la anterior etapa. Era la última versión de una misma novela escrita de seis distintas maneras en las que el escritor había mostrado su mundo, con diversas perspectivas técnicas, con diferentes enfoques, pero en las que siempre el hombre y sus relaciones aparecían como elemento primordial de esa novela humanista más que social, o por ello mismo social, en la que había que explicar las variaciones de la inmanencia, del diferente rumbo que el hombre necesitaba dar, estaba llamado a dar, porque el mazazo a las conciencias que fueron las consecuencias de la Guerra Civil pedía a gritos una revisión, la contestación a las preguntas de siempre que un Dios rígido, o sus exegetas e intérpretes avanzados, sólo comprendía como aceptación, mientras rápida evolución iban a exigir los acontecimientos y para que el hombre no navegara a la deriva era necesario repasar las relaciones, saber qué y quién era el hombre. Y esa fue la misión de Castillo Navarro y de ahí la grandeza de su novelística.En esta novela aparece más clara una técnica que denominaría episódica por cuanto, diluyéndose y recobrándose la acción principal, aparecen y toman ese rasgo antes de desaparecer otras acciones secundarias que llegan a categoría superior y dividen la acción general en planos complementarios. Frente a la trama general que radica en la erección por las fuerzas vencedoras entregadas a los caciques y personajes influyentes de un monumento al Sagrado Corazón de Jesús, ideado por los duques para reparar cuanto el pueblo hizo de ofensivo apropiándose de sus bienes, otros hechos cobran grandeza y adquieren rango importante porque la unión de todos ellos permite la comprensión del conjunto. Así, las relaciones entre el protagonista y el fraile, esa historia de amor falso y de conveniencia, el miedo, la burla de la gestualidad oficial y otros muchos detalles ambientan esa novela en la que con mucha fuerza aún está todo el mundo interno del novelista,Creemos que hemos cumplido así nuestro propósito inicial. Sería para mí y para esta ciudad muy grato que alguno de ustedes se dedicase a oficializar, en cierto modo, su figura y obra, con el convencimiento de que les sería estimulante hacerlo, tanto por el autor como por la época en la que se encuentra ubicado, una de las más interesantes de la novelística española del siglo que acaba de fenecer.
Notas
Notas
[1] Muerte en la subasta, traducción literal del título francés, es premio de la crítica francesa al mejor libro extranjero en 1961. [2] El cansado sol de septiembre se anunciaba en 1961 como El grito de la paloma. Había sido presentada a censura previa con el título de El apellido de Dios. Cambiar el título, cuando se enviaba la misma novela a la censura previa, era un recurso, pues, si conservaba el mismo título, era rechazada sin más. [3] Para adentrarse en estas consideraciones, vid., Domingo Ródenas de Moya, “Entre el hombre y la muchedumbre: la narrativa de los años treinta”, en Cuadernos Hispanoamericanos, nº 647, mayo 2004, pp. 7-28. [4] Delibes define su propia ubicación en cuanto a promoción literaria se refiere (vid., Miguel Delibes, España 1936-1950: muerte y resurrección de la novela, Barcelona, Destino, 2004. [5] S. Sanz Villanueva, “La novela desde 1936”, en Historia de la literatura española e hispanoamericana, tomo VII, Madrid, Ediciones Orgaz, 1980, págs. 93-125. [6] Así lo entiende S. Sanz Villanueva (Historia de la literatura española. 6/2. Literatura actual, Barcelona, Ariel, 1984, pág. 36), al aplicar el criterio generacional, porque considera que coincide en algunos de esos rasgos: han nacido antes de la guerra, no han participado en la contienda pero han sido testigos de los desmanes de uno y otro bando y han sido víctimas de la situación sociopolítica derivada de la contienda. [7] F. B. Pedraza Jiménez/M. Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española XIII. Posqguerra: narradores, Estella, Cenlit, 2000, pág. 165. La cursiva pertenece a Manuel García Viñó, Novela española actual, Madrid, Guadarrama, 1967, págs. 161-163. [8] Bien es verdad que esta última actúa así, sólo recogiendo opiniones de los demás en este aspecto concreto, porque, en realidad, su tesina es más bien un estudio de la censura en la época y un ejercicio de análisis comparativo entre los textos del Cansado sol de septiembre en francés y en español. [9] Helena Penseel, Un tema delicado. La influencia de la censura sobre dos novelas de José María Castillo Navarro, Lorca, Ayuntamiento de Lorca, 2003, pág. 43. [10] José Ortega, “Introducción. Nuevas direcciones en los novelistas españoles de la generación del medio siglo”, en Norte, 1972, año XIII, pág. 89. [11] J. L. Molina Martínez, Acercamiento e interpretación de Castillo-Navarro, Ayuntamiento de Lorca, 1990, págs. 20-21. [12] El desarrollo de todo este pensamiento que, obviamente, no puede ser expuesto en esta ocasión, se podrá leer en la “Introducción” que acompaña a la edición de El cansado sol de septiembre que se reeditará en 2006 y que he utilizado en parte para esta conferencia. [13] J. L. Molina Martínez, Narrativa de autor lorquino, 1992, págs. 82-83. [14] El niño de la flor en la boca, Con la lengua fuera, Caridad la negra y próximamente El cansado sol de septiembre (edición de J. L. Molina) y Las uñas del miedo (edición de P. Guerrero-Mary-Vásquez). [15] Castillo-Navarro, muchos años después matiza este concepto, único, al parecer, que veían los críticos (vid., “La sed”, en Cuaderno Espín 4, 1994, págs. 83-94).
